"Jesús hizo muchas otras cosas que no están escritas en este libro. Si se les dijera uno por uno, creo que el mundo entero sería muy pequeño para los libros que escribiéramos" (Jn 21, 25).
La Sagrada Escritura, y especialmente el Nuevo Testamento, es la Palabra de Dios, que nos muestra al Hijo en quien Dios manifestó el esplendor de su gloria (cf. Hb 1, 3).
Podemos afirmar que sólo la parte más importante y fundamental de la Tradición Apostólica fue puesta por escrito. Es por esta razón que la Iglesia siempre ha mostrado una veneración muy especial por las Divinas Escrituras.
Biblia y Tradición
Después de esto, podemos afirmar que la revelación divina ha llegado a nosotros a través de la Tradición Apostólica y de la Sagrada Escritura. No deben ser considerados como dos fuentes, sino como dos aspectos de la Revelación de Dios. El Concilio Vaticano lo expresa muy bien: "La tradición apostólica y la Sagrada Escritura brotan del mismo río y van hacia el mismo fin" (Dei Verbum, 9). Los dos están unidos y unidos de tal manera que uno no puede sobrevivir sin el otro.Además, la Sagrada Escritura presenta la Tradición como fundamento de la fe del creyente: "Haced lo que se os ha enseñado y aceptado, lo que habéis aprendido de mí y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros" (Flp 4,9). "Pasa a gente que tenga confianza y sea capaz de enseñar a otros lo que has aprendido de mí a través de muchos testigos." (2 Tm 2, 2). "Así que, hermanos, aferraos y mantened firmemente a las tradiciones que hemos enseñado oralmente o por escrito" (2 Tesalonicenses 2:15).
Es claro, pues, que el apóstol Pablo, al confirmar la fe de los cristianos, no sólo utiliza la Palabra escrita de Dios, sino que también recuerda, de una manera muy especial, la Tradición o la predicación oral. Una vez escrito el Nuevo Testamento, la Tradición Apostólica no se consideró cerrada, como si la Revelación divina estuviera completa. La Biblia no dice eso. En ninguna parte está escrito que el cristiano deba someterse sólo a la Biblia. En la Iglesia Católica, siempre se ha hecho especial hincapié en la importancia de la Tradición Apostólica, sin privar a la Biblia de su valor.